La hija del clerigo
La hija del clerigo Miró a su alrededor. No había entrado allí desde que se fue y era evidente que no habían tocado nada en su ausencia. Sus cosas seguían donde las había dejado cubiertas por una gruesa capa de polvo. La máquina de coser estaba en la mesa entre viejos trozos de tela, hojas de papel de estraza, bobinas de hilo de algodón y botes de pintura, y aunque la aguja se había oxidado, seguía enhebrada. ¡Y sí…! Ahí estaban las botas de montar que había estado haciendo la noche que se marchó. Cogió una de ellas y la miró. Notó que se le encogía el estómago. ¡Dijesen lo que dijesen eran unas botas estupendas! ¡Lástima que nadie las hubiese utilizado! No obstante, tal vez le sirvieran para el desfile. Para Carlos II…, o mejor no incluir a Carlos II, mejor a Oliver Cromwell, así no tendría que hacer la peluca.