La hija del clerigo

La hija del clerigo

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—Pues verá, señorita, se trata de esas… —sus labios emitieron un sonido peculiar e imperfecto, no exactamente una palabra, pero casi. Parecía empezar por jota. Proggett era de esas personas que siempre parecen a punto de blasfemar pero que siempre se contienen antes de que la blasfemia salga de su boca—, de las campanas, señorita —dijo librándose con esfuerzo del sonido jota—. De las campanas del campanario. Están agrietando el suelo de un modo que da escalofríos. Acabarán cayéndonos encima. Esta mañana he estado en el campanario y le aseguro que he bajado más deprisa que un rayo al ver cómo se había rajado el suelo.

Proggett iba a quejarse del estado de las campanas al menos una vez cada quince días. Llevaban ya tres años en el suelo del campanario porque volver a colgarlas o quitarlas de allí costaba unas veinticinco libras y tenían tantas posibilidades de pagarlas como si hubiesen sido veinticinco mil. El peligro del que hablaba Proggett estaba muy cerca de ser real. Parecía probable que ese año o el siguiente, en cualquier caso en un futuro no muy lejano, acabaran cayendo por el suelo del campanario hasta el pórtico de la iglesia. Y, como le gustaba señalar a Proggett, probablemente ocurriría un domingo por la mañana cuando la congregación estuviera entrando en la iglesia.


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