La hija del clerigo
La hija del clerigo —Le ruego me disculpe, señorita —dijo Proggett—. QuerÃa hablar con usted, señorita…, en privado.
Dorothy suspiró para sus adentros. Siempre que Proggett querÃa hablarle en privado podÃa estar segura de lo que se avecinaba: alguna noticia alarmante sobre el estado de la iglesia. Proggett era un hombre pesimista y concienzudo y a su manera un buen feligrés. Demasiado obtuso para tener creencias religiosas claras, demostraba su piedad mediante una enorme preocupación por el edificio de la iglesia. HacÃa mucho que habÃa decidido que la Iglesia de Cristo eran los muros, el tejado y el campanario de Saint Athelstan, Knype Hill, y se pasaba el dÃa merodeando por la iglesia y reparando una grieta aquÃ, una viga roÃda por la carcoma allá y persiguiendo a Dorothy para exigirle unas reparaciones que costarÃan sumas inconcebibles.
—¿De qué se trata, Proggett? —preguntó Dorothy.