La hija del clerigo

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Entretanto, tenía que solucionar lo de la carne del puchero… la comida. (Dorothy procuraba obedecer a su padre y llamarlo «la comida» siempre que se acordaba. Aunque la comida en la casa del rector era tan frugal que más parecía un caldo de puchero.) Mejor hacer una tortilla, decidió Dorothy. No se atrevía a volver a Cargill. Aunque, claro, si comían tortilla en la comida y huevos revueltos en la cena, su padre probablemente haría algún comentario sarcástico. La última vez que habían comido huevos dos veces el mismo día, le había preguntado con frialdad: «¿Has puesto una granja de pollos, Dorothy?». Y tal vez al día siguiente compraría salchichas en el supermercado y retrasaría un día más lo de la carne.

Esos treinta y nueve días que tendrían que pasar con solo tres libras, diecinueve chelines y cuatro peniques pesaban mucho en la imaginación de Dorothy y la recorrió una oleada de conmiseración que contuvo casi en el acto. ¡Vamos, Dorothy! ¡Nada de lloriqueos, por favor! Todo saldrá bien si tienes confianza en Dios. Mateo 6:25. El Señor proveerá. Dorothy quitó la mano derecha del manillar y buscó a tientas el alfiler, pero el pensamiento blasfemo se desvaneció. En ese momento reparó en el rostro triste y rubicundo de Proggett que le saludaba respetuosa pero apremiantemente desde el arcén de la carretera.

Dorothy se detuvo y se apeó de la bicicleta.


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