La hija del clerigo

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El rector, con la vista perdida entre agradables espirales de humo, ni siquiera la oyó. Puede que estuviera pensando en sus dorados días en Oxford. Dorothy salió de la habitación casi al borde de las lágrimas. La penosa cuestión de las deudas había vuelto a quedar aplazada, como tantas otras veces, sin ninguna perspectiva de que fuera a solucionarse.

III

Dorothy rodó cuesta abajo en su vieja bicicleta con la cesta en el manillar mientras hacía cálculos mentales con las tres libras, diecinueve chelines y cuatro peniques que constituían todo su capital hasta el próximo trimestre.

Había repasado la lista de cosas que faltaban en la cocina. Aunque ¿acaso había algo que no les faltara? Té, café, jabón, cerillas, velas, azúcar, lentejas, leña, bicarbonato, aceite para los candiles, betún, margarina, levadura… No les quedaba casi de nada. De vez en cuando, recordaba alguna cosa que había olvidado y aumentaba su consternación. La cuenta de la lavandería, por ejemplo, o que se les estaba acabando el carbón, o lo del pescado de los viernes. El rector era «difícil» con el pescado. Solo comía pescado caro y despreciaba el bacalao, la pescadilla, la sardineta, la raya, los arenques y los arenques ahumados.


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