La hija del clerigo

La hija del clerigo

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En ese momento se desvanecieron por completo las esperanzas de Dorothy. Si su padre empezaba a hablar de su primo Tom y de sus vivencias de «cuando estudiaba» en Oxford, era que no había nada que hacer. Significaba que se había sumergido en un pasado dorado e imaginario en el que no existían cosas tan vulgares como la cuenta del carnicero. Había largos períodos en los que parecía olvidar por completo que era solo un rector rural empobrecido y no un joven noble con fincas y rentas. En casi cualquier circunstancia adoptaba esa actitud onerosa y aristocrática. Y, por supuesto, mientras él habitaba cómodamente en aquel mundo imaginario, era Dorothy quien tenía que pelearse con los tenderos y esforzarse por que la pierna de cordero del domingo durase hasta el miércoles. No obstante, sabía que era totalmente inútil seguir discutiendo con él. Solo serviría para hacerle enfadar. Se levantó de la mesa y empezó a poner las cosas del desayuno en la bandeja.

—¿Estás absolutamente seguro de que no puedes darme ningún dinero, papá? —dijo por última vez desde la puerta con la bandeja en las manos.





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