La hija del clerigo
La hija del clerigo —Ve al otro carnicero…, ¿cómo se llama? Salter… Y olvÃdate de Cargill. Sabe que cobrará antes o después. ¡Dios mÃo, no sé a qué vienen tantos aspavientos! ¿Acaso no debe todo el mundo dinero a sus proveedores? Recuerdo perfectamente que, cuando estudiaba en Oxford —el rector se puso un poco más tieso, volvió a llevarse la pipa a la boca, miró a lo lejos y su voz se volvió evocadora y mucho más agradable—, mi padre aún seguÃa sin saldar algunas deudas contraÃdas treinta años antes. Tom (el baronet que era primo del rector) debÃa siete mil libras cuando heredó el tÃtulo. Él mismo me lo contó.