Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Flory llegĂł a su casa por un camino que desembocaba en el maidan. Ya habĂa oscurecido. Ko S’la se habĂa puesto un ingyi limpio y estaba esperándole en el dormitorio. HabĂa calentado dos barreños de agua, encendido las lámparas de petrĂłleo y sacado una camisa y un traje limpios para Flory. La ropa limpia pretendĂa ser una indirecta a Flory para indicarle que debĂa afeitarse, vestirse y bajar al Club despuĂ©s de cenar. Algunas veces se pasaba la noche en calzoncillos, tumbado en un sillĂłn con un libro, lo que a Ko S’la le parecĂa muy mal. Odiaba ver que su señor se comportada de un modo diferente al de los otros blancos. El hecho de que Flory volviese frecuentemente borracho del Club, mientras que permanecĂa sobrio cuando se quedaba en casa, no cambiaba en nada la opiniĂłn de Ko S’la, pues veĂa como algo normal y disculpable en un hombre blanco el que se emborrachara.
—La mujer se ha marchado al bazar —anunciĂł satisfecho, como hacĂa siempre que Ma Hla May abandonaba la casa—. Ba Pe la ha acompañado con una linterna, para guiarla cuando regrese.
—Bien —dijo Flory.
Sin duda alguna se habĂa ido a gastarse sus cinco rupias; a jugárselas, seguramente.
—El baño del santĂsimo señor está listo.
—Espera —dijo Flory—, tenemos que atender primero al perro. Trae el cepillo.