Los dias de Birmania

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Había bastante luz con luna creciente. Pudo distinguir al perro y situarse con previsión. Se apoyó contra el pilar de madera de la veranda y apuntó con cuidado; luego, al sentir la dura culata de vulcanita contra su hombro desnudo, se arredró. El rifle tenía un retroceso considerable y dejaba un moretón cada vez que se disparaba. La sensible piel de su hombro se estremeció. Bajó el rifle. No tenía el valor de disparar al perro a sangre fría.

Era inútil intentar dormir. Flory se puso la chaqueta, cogió unos pocos cigarrillos, y comenzó a pasearse de acá para allá por el camino del jardín que delimitaban las fantasmales flores. Hacía calor; los mosquitos lo advirtieron y acudieron zumbando tras él. Espíritus de perros se perseguían en el maidan unos a otros. A la derecha las lápidas del cementerio inglés brillaban blanquecinas, bastante siniestras, y se veían los túmulos cercanos, que era los vestigios de las antiguas tumbas chinas. Se decía que la ladera estaba encantada, y los chokras del Club lloraban de pánico cuando se les enviaba de noche por aquel camino.





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