Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Flory no había regresado ya nunca a Inglaterra. No podría haber explicado el porqué, aunque lo sabía perfectamente. Al principio causas ajenas a él se lo habían impedido. Primero fue la Guerra, y cuando ésta acabó, su compañía disponía de tan pocos empleados con experiencia que no le permitirían marchar hasta dos años más tarde. Estaba desando volver a Inglaterra, pero por otra parte temía hacerlo como se teme encontrarse a una chica bonita cuando se va sin afeitar y sin corbata. Cuando se fue de casa era un niño, un niño prometedor y guapo a pesar de su marca de nacimiento; ahora, sólo diez años después, estaba amarillento, delgado, casi siempre borracho y parecía prácticamente un hombre de mediana edad por sus costumbres y su aspecto. Aún así, tenía muchas ganas de volver a Inglaterra. El barco zarpó en dirección al Oeste sobre un vasto mar que parecía plata quebrada, con el viento invernal tras de sí. La debilitada sangre de Flory se fortaleció con la buena comida y el olor del mar. Incluso se le ocurrió pensar que aún era lo bastante joven como para empezar de nuevo; un pensamiento que había realmente olvidado envuelto en el viciado aire de Birmania. Viviría un año en una sociedad civilizada, encontraría a alguna chica a la que no le importara su marca de nacimiento (una chica civilizada, no una pukka memsahib). Se casaría con ella y aguantarían diez o quince años más en Birmania. Después se retiraría con su esposa y le quedarían unas doce o quince mil libras de pensión. Comprarían una casita de campo y se rodearían de amigos, hijos, libros, animales… Se desprenderían para siempre de esa odiosa peste colonial de lo pukka sahib. Olvidaría Birmania, ese horrible país que estuvo a punto de acabar con él.