Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Los criados se apiñaron en torno a él, formando un anillo de simpáticas caras morenas, ofreciéndole presentes. Ko S’la le había traído una piel de sambhur y los indios algunos dulces y una guirnalda de maravillas. Ba Pe, que entonces era un niño, le llevó una ardilla en una jaula de mimbre. Unos carros de bueyes esperaban el equipaje. Flory fue a pie hasta su casa, con un aspecto completamente ridículo con la guirnalda colgando del cuello. La luz de la fría tarde era amarillenta y agradable. En la puerta de su casa, un viejo indio, con la piel del color de la tierra, segaba la hierba con una pequeña hoz. Las mujeres del cocinero y el mali estaban de rodillas frente a las dependencias de los criados, moliendo pasta de curry sobre la losa de piedra.

A Flory le dio un vuelco el corazón. Se trataba de uno de esos momentos en los que uno se da cuenta de que va a producirse un gran cambio para peor en su vida. Porque, de repente, había descubierto que se alegraba de estar de vuelta. Este país que tanto odiaba era ya el suyo, su hogar. Había vivido aquí diez años y cada partícula de su cuerpo estaba impregnada de tierra birmana. Escenas como aquéllas, la amarillenta luz del atardecer, el viejo indio cortando la hierba, el chirriar de las ruedas del carro, las bandadas de garcetas…, le eran más familiares que las de la propia Inglaterra. Había echado raíces, quizá las más profundas que nunca había tenido, en un país extranjero.


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