Los dias de Birmania

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Las dos mujeres se miraron a los ojos. Mrs. Lackersteen quería decir mucho más de lo que decía, aunque no tenía intención de hacer nada más que sugerirlo indirectamente. Así, gran parte de aquella conversación se articulaba con alusiones soterradas; aunque por lo general, se las arreglaba para ser razonablemente clara. Como si estuvieran hablando de un asunto muy común, dijo en un tono bastante impersonal:

—Desde luego, tengo que reconocer que existen casos en los que si las muchachas no logran casarse es por su propia culpa. Incluso aquí a veces sucede. Recuerdo que hace no mucho pasó aquí una joven un año con su hermano y recibió ofertas de matrimonio por parte de todo tipo de hombres; policías, funcionarios, empleados de empresas madereras con gran porvenir… Pues los rechazó a todos, quería casarse con alguien del I.C.S.[8], según me contaron. Pero ¿qué esperabas, chica? Su hermano no iba a estar manteniéndola toda la vida. He oído que ahora está en Inglaterra la pobre, trabajando como dama de compañía, casi igual que una criada. Y cobrando quince chelines a la semana. ¿No te parece un espanto que sucedan cosas así?

—¡Un espanto! —repitió Elizabeth como un eco.


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