Los dias de Birmania
Los dias de Birmania No hablaron más del asunto. A la mañana siguiente, cuando volvía de la casa de Flory, Elizabeth les relató su pequeña aventura a sus tíos. Estaban desayunando en la mesa llena de flores, mientras el punkah les abanicaba lentamente por encima de sus cabezas y el cigüeñudo y espigado mayordomo musulmán permanecía detrás de Mrs. Lackersteen bandeja en mano y vestido con traje blanco y pagri.
—Ah, tía, se me olvidaba algo muy curioso. Una muchacha birmana subió a la veranda. No había visto a ninguna aún, o al menos no lo había hecho sabiendo que fuesen chicas. Era tan extraña, igualita que una muñeca con esa cara redonda y amarilla y el pelo moreno fijado en la coronilla. No tenía más de diecisiete años. Mr. Flory dijo que era su lavandera.
El alargado cuerpo del mayordomo indio se puso rígido. Miró de reojo a la muchacha con sus enormes y blanquísimos globos oculares que destacaban en su cara negra. Hablaba y comprendía bien el inglés. Mr. Lackersteen se quedó con el tenedor a medio camino y su enorme boca abierta.
—¿Lavandera? —preguntó—. ¡Lavandera! Caramba, ahí tiene que haber algún error. No hay lavanderas en este país. Ese trabajo aquí sólo lo hacen hombres. Creo que…
Y se detuvo de repente, casi como si alguien le hubiese pisado el pie por debajo de la mesa.