Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Nunca malgastaba ni un momento del día. No le llevaría mucho tiempo ocuparse del resto de visitantes y mandar a la chica de nuevo al pueblo sin recompensa alguna tras examinar su rostro y decir que no la reconocía. Llegaba la hora del desayuno. Su estómago comenzaba a ser atormentado por violentas punzadas con las que el hambre le atacaba puntualmente a esta hora cada mañana. Gritó apremiantemente:
—¡Ba Taik, oye Ba Taik!, ¡Kin Kin!, ¡mi desayuno, rápido, me muero de hambre!