Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —Bueno —dijo Ellis—, si al final no pasan a la acción siempre puedes coger a los cabecillas y darles una buena tunda con cañas de bambú sin que nadie se entere. Es mejor que tenerles mimados en esas cárceles nuestras que más parecen clÃnicas de reposo.
—Hmm, puede que sÃ. De todas formas, tampoco puedo hacer eso hoy en dÃa. Si somos tan bobos que hacemos estas leyes de guante blanco, supongo que no tenemos más remedio que cumplirlas.
—¡Al infierno las leyes! Lo único que sirve con los birmanos es azotarlos con cañas de bambú. ¿Te has fijado cómo se quedan después de que les den una buena tunda? Yo sÃ. Los sacan de la cárcel en carretas, gritando de dolor, con sus mujeres poniéndoles emplastes de plátano machacado sobre el trasero. Eso sà que lo entienden. Si me dejaran hacerlo a mÃ, yo les darÃa en las plantas de los pies igual que hacen los turcos.
—Bueno, esperemos que por una vez tengan agallas suficientes para plantarnos cara de verdad. Entonces ya sacaremos a la policÃa militar, con los rifles y todo lo demás. BastarÃa con cargarse a unas cuantas docenas, con eso los pondrÃamos en su sitio.