Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Sin embargo, la ansiada oportunidad no llegó. Westfield y la docena de policías que se había llevado con él a Thongwa, alegres muchachos gurkhas que estaban deseando usar sus kukris contra alguien, encontraron el distrito desconsoladoramente pacífico. Por ninguna parte se atisbaba el menor indicio de rebelión; tan sólo la resistencia anual, tan regular y periódica como el monzón, de los vecinos a pagar los impuestos.
Cada día hacía más y más calor. Elizabeth había visto cómo le salían sus primeros sarpullidos por culpa del sol. La práctica del tenis en el Club había cesado; después de jugar un lánguido set, se derrumbaban sobre las sillas y engullían pintas de zumo de lima tibio. Tibio porque el hielo venía de Mandalay tan sólo dos veces por semana y se derretía a las veinticuatro horas de llegar. No podía hacer ya más calor en la selva. Las birmanas untaban a sus niños un cosmético para protegerles del sol hasta que los hacían parecer hechiceros africanos. Bandadas de palomas verdes y de palomas imperiales tan grandes como patos acudían para comer las bayas de los árboles que había junto al camino del bazar.
Entretanto, Flory había echado de su casa a Ma Hla May.