Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Enseguida, ayudado por Ba Taik, U Po Kyin se vistió con su ropa oficial, admirándose por un momento en el largo espejo del cuarto de estar. Era una habitación de paredes de madera con dos columnas que, aún reconocibles como troncos de teca, soportaban la viga maestra del tejado, y era oscura y algo sórdida como toda habitación birmana, pese a que U Po Kyin la había amueblado a la moda ingaleik con un aparador de chapa y sillas, alguna litografía de la familia real y un extintor para el fuego. El suelo lo cubrían esteras de bambú manchadas por salpicones de jugo de betel y lima.
Ma Kin estaba sentada en una estera en la esquina cosiendo un ingyi. U Po Kyin se giró despacio ante el espejo, intentando echar un vistazo a la parte trasera de su cuerpo. Iba vestido con un gaungbaung de seda de color rosa pálido, un ingyi de muselina almidonada y un paso de seda de Mandalay, de un magnífico rosa salmón brocado con amarillo. Con esfuerzo giró su cabeza y miró satisfecho el brillante paso apretado a sus enormes nalgas. Estaba orgulloso de su gordura, pues veía en esa carne acumulada un símbolo de su grandeza. Él, que una vez había sido un personaje oscuro y hambriento, era ahora gordo, rico y temido. Como hinchado por los cuerpos de sus enemigos; un pensamiento del que extrajo algo cercano a la poesía.
—Mi nuevo paso fue barato por 22 rupias, ¿eh, Kin Kin? —dijo.