Los dias de Birmania
Los dias de Birmania No podía mirarla a la cara, se le veía impotente, pálido y abochornado. Todo lo que Ma Hla May decía era cierto, y no veía la manera de explicarle que lo que había hecho era lo único que podía hacer dada la situación en la que se encontraba. ¿Cómo podía hacerle entender que habría sido un escándalo, un pecado, seguir siendo su amante? Se amedrentó ante ella y sintió la mancha sobre su rostro amarillento más pesada que nunca. Cambiando de tema drásticamente, habló de un modo instintivo de dinero, pues eso nunca había fallado jamás con Ma Hla May.
—Te daré dinero. Tendrás las cincuenta rupias que me pediste, y más adelante te daré otra cantidad. Hasta el mes que viene no tendré más.
Era la verdad. Entre las cien rupias que le había dado a ella y la ropa que se había comprado, había gastado casi todo el dinero que tenía. Para gran consternación de Flory, Ma Hla May rompió a llorar estruendosamente. La mascarilla que formaban los polvos se quebró y las lágrimas le cayeron por las mejillas. Antes de que él pudiera impedirlo, Ma Hla May ya se había arrodillado delante de él y estaba dedicándole reverencias tocando el suelo con la frente, como prueba de la más baja humillación.
—¡Levántate, levántate! —exclamó Flory.