Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Siempre le habÃa horrorizado que se rebajasen asÃ, doblando el cuello y el cuerpo como ofreciéndose para ser golpeados.
—No puedo soportar que hagas eso. Levántate ahora mismo.
Ella gimió de nuevo e hizo el intento de abrazarse a sus tobillos. Flory se apresuró a apartarse.
—Levántate de una vez y deja de hacer ese odioso ruido. No sé qué motivos ibas a tener para llorar.
No se levantó, pero se incorporó sobre las rodillas y le dijo entre sollozos:
—¿Por qué me ofreces dinero? ¿Crees que sólo vengo aquà a por dinero? ¿Crees que fue el dinero lo único que me importó cuando me echaste de tu casa como a un perro?
—Levántate —repitió. Se habÃa alejado un par de pasos para que no se le agarrara de nuevo—. ¿Qué puedes desear sino dinero?
—¿Por qué me odias? —gimió ella—. ¿Qué daño te he hecho? Te robé la pitillera, pero no te enfadaste por eso. Te vas a casar con esa blanca. Lo sé yo y lo sabe todo el mundo. Pero ¿por qué me tienes que echar? ¿Por qué me odias?
—No te odio. No sabrÃa explicártelo. Levántate, por favor, levántate.