Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Ma Hla May lloraba ahora sin ningún pudor. A fin de cuentas, no era más que una cría. Ella le miró con los ojos húmedos, buscando desesperadamente en él alguna muestra de compasión. Entonces, protagonizando un espectáculo horrible, se tendió cuan larga era boca abajo.

—¡Levántate, levántate! —gritó Flory en inglés—. No puedo soportar todo esto. ¡Ya está bien!

La muchacha no se levantó, aunque se arrastró como un gusano hasta los pies de Flory. Su cuerpo dejó un rastro en el suelo polvoriento. Yacía postrada ante él con la cara oculta y los brazos extendidos, igual que si estuviera ante el altar de un dios.

—Señor, señor —clamaba—, ¿me podrás perdonar? ¡Esta vez, sólo por esta vez! Admite de nuevo a Ma Hla May. Seré tu esclava, incluso menos que tu esclava. Lo que sea con tal de que no me eches.

Había conseguido finalmente rodearle los tobillos con sus brazos, y le estaba besando los zapatos. Flory la miraba sin saber qué hacer desde arriba con las manos metidas en los bolsillos. Fio entró en la habitación y, acercándose a donde Ma Hla May estaba tumbada, olfateó su longyi. Movió la cola al reconocer el olor. Flory no podía aguantarlo por más tiempo. Se agachó y la cogió por los hombros hasta que ésta quedó de rodillas.


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