Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Habían recorrido tres kilómetros. A Elizabeth le dolía la espalda. Las canoas tendían a volcarse al menor movimiento imprudente, y era preciso mantenerse muy erguido, sentado en el estrecho banquillo y manteniendo los pies tan lejos como fuera posible del pantoque, en el que había gambas muertas y parecía a punto de hacer agua por todos lados. El birmano que remaba la canoa de Elizabeth tenía sesenta años, aunque su cuerpo semidesnudo era tan perfecto como el de un jovencito. Su rostro, curtido por la edad, era amable y simpático. Su mata negra de pelo, más bonita de lo que cabía esperar en un birmano, estaba recogida a un lado en un moño que dejaba caer uno o dos mechones sobre la mejilla. Elizabeth tenía sobre el regazo la escopeta de su tío. Flory se había ofrecido a llevársela, pero ella no quiso; la verdad era que le gustaba tanto sentir el contacto con el arma que no podía dejar de acariciarla ni por un momento. Nunca había tenido entre sus manos una escopeta hasta el día de hoy. Vestía una falda áspera, zapatos gruesos de cuero y una camisa de seda como las de caballero, atuendo que completado con el sombrero terai sabía positivamente le sentaba bien. A pesar del dolor de espalda y las picaduras de los mosquitos que zumbaban en torno a sus tobillos, era feliz.




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