Los dias de Birmania
Los dias de Birmania El arroyo se iba estrechando y las capas de jacintos dejaban su lugar a bancos de brillante barro del color del chocolate. Junto a la orilla, unas chozas de tejados desvencijados hundían sus cimientos en el cauce del río. Un niño desnudo que estaba entre dos de las cabañas jugaba con un escarabajo atado a un hilo como si de una cometa se tratara. Gritó al ver a los europeos y acto seguido salieron más niños de ninguna parte. El viejo birmano condujo la canoa hasta un embarcadero hecho con un tronco de palmera medio hundido en el fango, cubierto de percebes y con asideros, y desembarcó para ayudar a bajar a Elizabeth. Les siguieron los de la otra canoa con las mochilas y los cartuchos, y Fio, como hacía siempre en estas ocasiones, se lanzó al barro para hundirse en él hasta casi el cuello. Un anciano enjuto que llevaba un paso violeta y tenía en su mejilla una verruga de la que brotaban cuatro pelos grises y kilométricos, se adelantó haciendo reverencias y soltando algún coscorrón en la cabeza a los niños que había arremolinados alrededor de los europeos.
—Es el cacique de la aldea —dijo Flory.