Los dias de Birmania
Los dias de Birmania El viejo los llevó a su casa, andando por delante de ellos tan encorvado que parecía una letra “l” boca abajo; era el resultado del reumatismo combinado con las constantes reverencias que tiene que hacer todo cargo inferior de la Administración. Una multitud de críos correteaba siguiendo a los europeos, a los que se sumaban más y más perros, todos ellos ladrando y asustando a Fio, que se encogía de miedo y no se separaba de las faldas de Flory. A la entrada de cada choza, racimos de caras redondas y rústicas miraban boquiabiertos a la ingaleikma. La aldea estaba a la sombra del denso follaje. Durante la época de las lluvias, la crecida del río convertía la parte baja del poblado en una primitiva Venecia de madera en la que los vecinos tenían las canoas amarradas a la puerta de sus cabañas.
El cacique vivía en una casa algo mayor que las del resto, que además contaba con tejado de calamina que, a pesar del estruendo insoportable que causaba cuando llovía, era su principal motivo de orgullo. Para poder permitírselo había tenido que renunciar a construirse una pagoda, con lo que disminuyeron ostensiblemente sus posibilidades de gozar del Nirvana. Subió los escalones a toda prisa y dio una patada en las costillas a un joven que dormía en la veranda. Luego se volvió e hizo nuevas reverencias a los europeos, rogándoles que entraran en su casa.