Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Se pusieron en camino. El lado del pueblo opuesto a la ensenada estaba protegido por un seto de cactos de dos metros de altura y casi cuatro de ancho. Atravesaron un sendero estrecho rodeado de más cactos, y después siguieron por un camino para carretas lleno de baches y a cuyos lados crecían bambúes tan altos como mástiles. Los batidores marchaban en cabeza formando una fila india, con sus largos dahs pegados al antebrazo. El viejo cazador iba justo delante de Elizabeth. Llevaba el longyi amarrado a la cintura como un taparrabos y tenía sus flacos muslos cubiertos de tatuajes tan enrevesados que parecía que llevase unos calzoncillos de ese color. Un bambú del grosor de un brazo había caído y estaba en medio del camino. El oteador que marchaba el primero lo partió con un machetazo de su dak; el agua que la caña contenía salió a borbotones con un brillo diamantino. Después de andar media milla llegaron a campo abierto; todos estaban sudando muchísimo, pues habían andado bastante deprisa y el sol pegaba fuerte.
—Allí es donde vamos a cazar —dijo Flory.