Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Flory le describió la vez que atrapó hacía unos años un ejemplar especialmente peligroso que había matado a uno de sus coolies. Le habló de cómo le aguardaron en un machan plagado de mosquitos, de los ojos del tigre evolucionando a través de la oscura selva como grandes linternas verdes; y del resuello, el sonido jadeante que emitía mientras devoraba el cuerpo del cooli. Flory le contó todo esto un poco por encima, ahorrándose la pesadísima verborrea que el anglo-indio emplea siempre que habla de cazar tigres, lo cual no impidió que Elizabeth retorciera complacida una vez más los hombros. Flory no se daba cuenta de que este tipo de conversación era lo que más la tranquilizaba y compensaba por todas las ocasiones en las que la había aburrido y contrariado. Por el sendero bajaron seis jóvenes desgreñados que llevaban dahs apoyados sobre el hombro e iban comandados por un hombre de pelo cano, enjuto pero fuerte. Se detuvieron frente a la casa del cacique y uno de ellos lanzó un alarido ronco y acto seguido regresó el caudillo de la aldea para explicarles que éstos eran los oteadores. Estaban preparados y dispuestos para salir inmediatamente si a la joven thakinma no le parecía excesivo el calor.





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