Los dias de Birmania

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El cazador volvió y con la voz cascada explicó que tenían que batir una arboleda cercana antes de entrar en la selva propiamente dicha. Por lo visto el Nat lo había aconsejado así. Indicó a Flory y Elizabeth cuál era el lugar al que tenían que ir con su dah. Los seis oteadores desparecieron entre los matorrales de la selva; desde allí se desviarían y batirían en dirección a los arrozales. Flory y Elizabeth se guarecieron entre unos rosales que había a treinta metros de la entrada de la selva, mientras Ko S’la se agachaba detrás de otro arbusto un poco apartado sujetando a Fio por el collar y acariciándola para que no ladrase. Flory siempre ordenaba a Ko S’la que se quedara a cierta distancia, pues le irritaba la manía que tenía su criado de chasquear la lengua si fallaba un tiro. Al poco tiempo comenzó a llegar un eco lejano, un ruido de pisadas y gritos huecos; la batida había empezado. Al oírlo, a Elizabeth las piernas se le pusieron a temblar tan incontrolablemente que no podía mantener fijo el cañón de su rifle. Un pájaro maravilloso, algo mayor que un zorzal, con las alas grises y el cuerpo de un escarlata resplandeciente, surgió de entre los árboles y fue hacia ellos volando bajo. Las pisadas y los gritos se acercaban cada vez más. Uno de los matorrales que había a la entrada de la selva se agitó violentamente; algún animal grande estaba saliendo de allí. Elizabeth levantó su arma e hizo amago de apuntar, pero se trataba tan sólo de un oteador desnudo dah en mano. Al comprobar que había aparecido fuera de la selva, llamó a gritos a sus compañeros para que se reunieran con él.


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