Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Elizabeth bajó el arma.
—¿Qué ha ocurrido?
—Nada. Ha terminado la batida.
—¿Y no han encontrado nada? —exclamó muy decepcionada.
—No se preocupe, en la primera batida nunca se encuentra nada. En la próxima tendremos más suerte.
Cruzaron el calvero saltando los linderos de barro que separaban las distintas parcelas y se situaron frente a la alta pared verde que formaba la selva. Para entonces Elizabeth ya había aprendido a cargar el arma. Apenas había comenzado la segunda batida cuando Ko S’la pegó un silbido agudo.
—¡Atención! —gritó Flory—. ¡Rápido, ahí vienen!