Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Un ave de gran tamaño que volaba mucho más despacio que las demás, batía sus alas por encima de ellos. Elizabeth no se molestó en disparar tras su anterior fallo. Se fijó en cómo Flory metía un cartucho en la recámara, elevaba la escopeta y dejaba escapar un hilo de humo blanco del cañón. El pájaro planeó con un ala rota. Fio y Ko S’la acudieron corriendo y excitados. La perra llevaba la paloma imperial en la boca y Ko S’la sacó sonriente de su bolsa dos palomas verdes.

Flory cogió una de las pequeñas piezas para enseñársela a Elizabeth.

—Mírelo. ¿No son preciosas? El pájaro más bello que hay en toda Asia.

Elizabeth tocó sus suaves plumas con la punta de un dedo. Le dio una envidia malsana no haberlo cazado ella. Y sin embargo, era curioso, porque sentía casi adoración por Flory ahora que había visto que sabía manejar con maestría un arma.

—Fíjese en las plumas del pecho; parecen joyas. Es un crimen matarlas. Los birmanos dicen que cuando matamos un pájaro de estos ellos vomitan, como queriendo decirnos: «Mira, esto es todo lo que poseo y nada te he quitado a ti. ¿Por qué me matas entonces?» Aunque tengo que admitir que nunca he visto a ninguno hacerlo.

—¿Están ricas?

—Mucho. Sin embargo, siempre me da una gran pena matarlas.


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