Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Cuando iba a empezar la quinta batida llegaron a un gran árbol en el que se oía el arrullo de las palomas que había en su copa. Recordaba de algún modo al mugir de las vacas. Un pájaro revoloteó hasta ir a posarse en una de las ramas que había arriba del todo; era sólo una pequeña mancha gris vista desde abajo.

—Intente darle a ese blanco —dijo Flory a Elizabeth—. Apúntele y apriete el gatillo sin pararse a pensarlo. No cierre el ojo izquierdo.

Elizabeth levantó su escopeta, que ya había empezado a temblar como antes. Los oteadores se detuvieron para observarla y algunos no pudieron evitar chasquear la lengua; les parecía extraño y chocante que una mujer manejase un arma. Con gran esfuerzo, Elizabeth mantuvo firme el cañón un segundo y apretó el gatillo. No escuchó el disparo; nunca se oye cuando uno da en el blanco. Dio la sensación de que el pájaro saltaba desde la rama y después cayó dando tumbos hasta quedar atrapado en una horcadura que había a unos diez metros del suelo. Uno de los batidores soltó su dah y calculó donde había caído la pieza; después se acercó a una liana tan gruesa como el muslo de un hombre y retorcida cual caña de azúcar que colgaba de una rama. Subió por la liana con la misma facilidad que si hubiera sido una escalera, anduvo sobre la rama y bajó el palomo. Se lo entregó a Elizabeth aún moribundo y caliente.


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