Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Estaba tan encantada de haberlo cazado que se resistÃa a soltarlo. Lo habrÃa besado o abrazado contra el pecho. Flory, Ko S’la y el resto de hombres se sonrieron al ver cómo acariciaba al pájaro. De mala gana, Elizabeth acabó por dárselo a Ko S’la para que lo guardara en la bolsa. Elizabeth sentÃa unas ganas desmedidas de rodear a Flory por el cuello con los brazos y besarle; de algún modo, cazar un palomo le habÃa provocado ese deseo.
Después de la quinta batida el cazador explicó a Flory que debÃan cruzar un claro en el que crecÃan piñas y que batirÃan otro sector de la selva, que habÃa pasado aquel lugar. Salieron pues al sol, que cegaba los ojos tras la penumbra de la jungla. El claro era un espacio oblongo de uno o dos acres robado a la selva a base de machetazos, con pinos que parecÃan cactos ordenados en hileras y cubiertos de matojos. Un seto bajo de espinos dividÃa el campo por la mitad. Casi habÃan atravesado el claro cuando de pronto oyeron un agudo quiquiriquà al otro lado del seto.
—¡Escuche! —exclamó Elizabeth parándose—. ¿Era eso un gallo salvaje?
—SÃ. Salen a esta hora para comer.
—¿No podrÃamos intentar cazarlo?