Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Cogió la revista que Elizabeth estaba leyendo e hizo algún comentario, y al momento iniciaron una de esas conversaciones triviales que rara vez conseguían eludir. Es curioso cómo los insustanciales hábitos de conversación se repiten también incluso en situaciones de este tipo. Aún así, sin apenas darse cuenta, se encontraron de repente absorbidos por su charla casual y caminando fuera del edificio, pasando por debajo del gran árbol de cebo que había junto a la pista de tenis. Era una noche con luna llena. Resplandeciendo como una enorme moneda blanca, tan brillante que hacía daño a la vista, la luna se deslizaba veloz hacia arriba a través de un cielo azul humeante que unas cuantas volutas de nube amarillentas surcaban. Las estrellas permanecían ocultas. A los crotones, que de día tenían un aspecto horrible, como laureles con ictericia, los convertía la luna en fantásticos grabados blanquinegros. Dos coolies caminaban junto a la cerca del recinto, transformados por la luz de la luna, que hacía que sus andrajos blancos refulgieran como nunca. En el aire flotaba el perfume empalagoso que desprendía el árbol.
—¡Mire la luna, mírela! —dijo Flory—. Parece un sol blanco. Brilla más que el sol un día de invierno inglés.