Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Elizabeth miraba hacia arriba entre las ramas del árbol, que la luna había convertido en varas plateadas. La luz se proyectaba espesa, como si fuera algo tangible, sobre todas las cosas, envolviendo la tierra y la áspera corteza de los árboles con una capa de sal deslumbrante y cada hoja parecía una carga de luz sólida, de nieve. Hasta Elizabeth, tan indiferente a este tipo de cosas, estaba boquiabierta.

—¡Es maravilloso! En Inglaterra nunca se ve una luz de luna así. Es tan, tan… —y como no se le ocurría un adjetivo distinto de “brillante”, se quedó callada. Tenía la costumbre de dejar las frases sin terminar, igual que Rosa Dartle, aunque por motivos bien diferentes.

—Sí, la luna luce en este país como en ningún otro sitio. Cómo apesta este árbol, ¿verdad? ¡Este horrible clima tropical! Detesto los árboles que tienen flor todo el año, ¿usted no?

Hablaba de cosas abstractas para que le diera tiempo a perder de vista a los coolies. Cuando desaparecieron, Flory pasó el brazo por encima del hombro de Elizabeth, y después, al ver que no se sobresaltaba ni decía palabra alguna, la volvió hacia él y la estrechó entre sus brazos. Tenía la cabeza de la joven contra el pecho, y su cabello corto le rozaba los labios. Flory le puso la mano debajo de la barbilla y le levantó la cara. Elizabeth no llevaba puestas las gafas.


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