Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —Podemos hablar en la veranda —repitió Flory—. En realidad, nunca hemos hablado tú y yo en serio. ¡Dios mío, cuánto he deseado durante todos estos años encontrar alguien con quien hablar de verdad! ¡Me podría pasar horas y horas hablando contigo interminablemente! Dicho así suena aburrido. Me temo que lo es. Tengo que rogarte que tengas un poco de paciencia conmigo al principio.
Elizabeth hizo un sonido con la boca en señal de protesta ante la palabra “aburrido”.
—Sí, de sobra sé que resultará aburrido. A los anglo-indios nos tienen siempre por unos pesados. Y es que lo somos. Pero no podemos evitarlo. Llevamos metido, ¿cómo te diría?, una especie de demonio dentro que nos empuja a hablar. Cargamos a nuestras espaldas un montón de recuerdos que estamos deseando compartir y nunca podemos hacerlo. Es el precio que pagamos por venir a este país.
Ninguna puerta daba directamente a aquel extremo de la veranda, con lo que estaban a salvo de cualquier intromisión. Elizabeth se había sentado y apoyaba los brazos encima de la mesita de mimbre, sin embargo Flory seguía paseándose de un lado a otro con las manos en los bolsillos de la chaqueta, iluminado unas veces por la luz de la luna que entraba por el alero occidental de la veranda, y hundido otras en la sombra.