Los dias de Birmania

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Esprit de corps

Entretanto, la impaciencia por ver a Elizabeth corroía de tal manera el corazón de Flory que apenas podía atender a lo que le decían. Además, lo había oído ya tantas veces (cientos, quizá miles) desde que llegó por primera vez a Rangún cuando su burra sahib (un viejo escocés bebedor de ginebra y entusiasta criador de potros de carreras, al que acabaron por prohibir la entrada al hipódromo cuando se descubrió que había utilizado varias veces el mismo caballo con distintos nombres) le vio descubrirse al pasar un cortejo fúnebre local y le dijo con tono reprobatorio:

—No olvides, chico, no olvides nunca que nosotros somos sahiblog y ellos sólo escoria.

Le ponía enfermo tener que escuchar toda esa basura. Por eso cortó en seco a Westfield exclamando:

—¡Oh, venga, cállate ya! Estoy harto de este tema. Veraswami es una excelente persona, mucho mejor que la mayoría de los blancos que conozco. Por eso voy a proponerle como miembro del Club en la próxima asamblea. Lo mismo anima un poco este maldito lugar.

Tras esa declaración, la discusión podría haberse elevado de tono de no haber acabado como la mayoría de las peleas en el Club: con la aparición del mayordomo, que había oído los gritos.

—¿Llamaban los señores?


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