Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Lo dijo con mucha distinción. Su entonación sonaba por momentos más y más aristocrática. Resultaba difícil de explicar. Por lo visto, Ellis, Westfield y Mr. Lackersteen querían echar “unas manos”. Flory rechazó la invitación tan pronto como vio que Elizabeth no iba a jugar. Era su oportunidad de acercarse a ella estando sola. Cuando todos se hubieron marchado a la sala de juego, comprobó con una mezcla de temor y alivio que Elizabeth salía la última. Flory se detuvo en el umbral, cerrando el paso a la joven. Se había puesto palidísimo. Ella retrocedió instintivamente unos pasos.
—Perdón —dijeron ambos al unísono.
—Un momento —dijo Flory con la voz temblorosa—. ¿Puedo hablar contigo? Si no te importa, hay algo que tengo que decirte.
—¿Quiere usted dejarme pasar Mr. Flory?
—¡Por favor, por favor! Ahora mismo estamos a solas. No puedes negarte a escucharme.
—¿Qué es lo que sucede?
—Pues se trata tan sólo de lo siguiente: sea lo que sea lo que te haya podido ofender, por favor, cuéntamelo. Cuéntamelo y aclarémoslo. Antes me dejaría cortar una mano que molestarte. No permitas que siga sin saber de qué se trata.
—La verdad es que no sé de qué me está hablando. ¿Que le cuente cómo me ha ofendido? ¿Por qué tendría usted que haberme ofendido?