Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Sin embargo, no eran los únicos a quienes Verrall aborrecía. Llevaría mucho tiempo enumerar a todos los que miraba con desdén. Aborrecía a toda la población civil de la India, exceptuando a unos cuantos jugadores de polo famosos. Aborrecía a todo el ejército, salvo a la caballería. Aborrecía a todos los regimientos indios; infantería y caballería a partes iguales. Era cierto que él mismo pertenecía a un regimiento nativo, pero se trataba sólo de una cuestión de conveniencia. No mostraba ningún interés por los indios, y su urdu básicamente se limitaba a insultos y groserías que sólo sabía conjugar en la tercera persona del singular. No veía grandes diferencias entre los policías militares que tenía a su cargo y los coolies. «Jesús, menuda escoria dejada de la mano de Dios», se le oía farfullar cuando les pasaba revista en sus barracones, con el subahdar siguiéndole y cargando con su espada. En algunas ocasiones, Verrall se había metido en problemas por expresar abiertamente lo que pensaba de las tropas nativas. Un coronel informó de que Verrall había faltado el respeto a uno de sus regimientos de infantería durante un pase de revista. Verrall se encontraba entre los oficiales que formaban tras el general. Un regimiento indio de infantería se aproximó desfilando.
—Los “Rifles” —dijo alguien.
—¡Y menuda pinta! —dijo Verrall con su arisca voz de adolescente.