Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Un sentimiento de profunda decepción se había apoderado de Mr. Macgregor. ¡Adiós a su agradable conversación con Miss Lackersteen! Tuvo que hacer un esfuerzo considerable para recuperar su habitual y ocurrente buen humor mientras se dirigía hacia la mesa.
—¡Así que tenemos una tarde terpsicórea! —comentó con un tono que pretendía ser alegre pero dejaba entrever cierto desencanto.
Nadie le contestó. Todos estaban observando a la pareja de baile. Elizabeth y Verrall, para los que los demás no parecían existir, se deslizaban girando sobre sus pies por el resbaladizo suelo de cemento. Verrall bailaba como montaba a caballo: con una elegancia sin parangón. En el gramófono estaba puesta «Muéstrame el camino a casa», que por entonces recorría el mundo entero como si de la peste se tratara, y había llegado incluso a Birmania.
Muéstrame el camino a casa,
Estoy cansado y quiero acostarme
Bebí un poquito hace una hora
Y se me ha subido a la cabeza…