Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Solían cabalgar por el camino de tierra hasta la selva, vadeaban el riachuelo y después seguían por una estrecha senda para carretas donde la tierra era fina y sus monturas podían galopar. Hacía un calor sofocante en la polvorienta jungla y se oían a lo lejos truenos que nunca traían lluvias. Unas pequeñas aves revoloteaban entre los caballos, que permanecían inalterables, mientras atrapaban con el pico los insectos que éstos levantaban con las pezuñas. Elizabeth montaba el poni castaño y Verrall el blanco. De regreso a casa iban muy juntos, tanto que a veces la rodilla de él rozaba las piernas de Elizabeth mientras charlaban. Verrall era capaz de dejar a un lado su hosco mutismo y adoptar un tono amistoso cuando quería, y con Elizabeth así era.
¡Qué alegría cabalgar los dos juntos! ¡Qué maravilloso ir a lomos de un caballo y pensando sólo en la caza, la equitación y el polo! Si Elizabeth no hubiera encontrado otros motivos para enamorarse de Verrall, se habría enamorado de él sólo por haber traído los caballos a su vida. Ella le daba pie a que hablara de equitación como antes lo había hecho con Flory y la caza. Verrall no era muy hablador, la verdad sea dicha. Unos cuantos comentarios vacilantes sobre el polo y la caza, una lista de puestos indios y el nombre de sus regimientos, y se quedaba sin nada que decir. Sin embargo, este poco emocionaba a Elizabeth mucho más que todo el discurso interminable de Flory.