Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Había un gran malestar en el Club por esos días. Verrall les había bajado los humos a todos. Había tomado la costumbre de acudir al Club una o dos horas, aunque ignoraba al resto de miembros, rechazaba las invitaciones que le hacían y respondía a todos los intentos de entablar conversación con monosílabos tajantes. Se sentaba debajo del punkah, justo en la silla que solía estar reservada a Mrs. Lackersteen, y leía los periódicos hasta que llegaba Elizabeth, momento en el que se ponía a bailar con ella durante una o dos horas. Después se marchaba apresuradamente sin despedirse de nadie. Entretanto, Mr. Lackersteen seguía solo en el campamento y, según los rumores que llegaron a Kyauktada, se estaba consolando con un variado repertorio de birmanas.

Elizabeth y Verrall paseaban a caballo casi todas las tardes. Por supuesto, el polo de las mañanas seguía siendo sagrado para Verrall, aunque había decidido que merecía la pena sacrificar las tardes por Elizabeth. A ella, la equitación se le daba tan sorprendentemente bien como le había sucedido con la caza; a Verrall le había llegado a contar que «había ido de caza a menudo» en Inglaterra. Él se dio cuenta enseguida de que le mentía pero no le importó demasiado, pues al menos montaba lo suficientemente bien como para no resultar un estorbo.


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