Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Sólo verle a caballo era más evocador que todas las palabras del mundo. A su alrededor se percibía un halo de destreza como jinete y su planta marcial. En su rostro curtido y su cuerpo erguido, Elizabeth veía a un auténtico caballero, con su vida gallarda y romántica. Divisaba la frontera noroeste, el Club militar, los campos de polo, los campamentos de barracones, los escuadrones marrones de jinetes galopando con sus lanzas en alto y los trenes traqueteando; oía las llamadas de corneta, el tintineo de espuelas y también a las bandas de los regimientos, que tocaban afuera mientras los oficiales cenaban en los comedores enfundados en sus magníficos uniformes. ¡Qué espléndido era aquel mundo poblado de caballos, qué espléndido! Y ahora era su mundo, pertenecía a él, había nacido para formar parte de él. Llevaba días viviendo, pensando y soñando con caballos, prácticamente igual que el propio Verrall. Hubo un momento en el que no sólo contaba aquella mentirijilla de que «había cazado a menudo», sino que casi llegó a creérsela ella misma.







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