Los dias de Birmania

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Conectaban a la perfección en todos los sentidos. Verrall no le aburría nunca ni la sacaba de sus casillas como Flory (la verdad es que Elizabeth casi se había olvidado de Flory para entonces; cuando pensaba en él, por alguna extraña razón, lo único que recordaba era su marca de nacimiento). También les unía el desprecio que mostraba Verrall por todo lo que fuera “intelectual”, aún mayor que el que sentía Elizabeth. En una ocasión él le dijo que no había leído un libro desde que tenía dieciocho años y que los “detestaba”; «excepto, claro está, los de Jorrocks y cosas por el estilo». La tercera o cuarta tarde que salieron a montar se estaban despidiendo en la entrada de la casa de los Lackersteen. Verrall había logrado con éxito rehusar las invitaciones de Mrs. Lackersteen para quedarse a comer. No había puesto un pie en su casa y no se le pasaba por la cabeza hacerlo. Mientras el syce, el chico que se ocupaba de los caballos, sujetaba el poni de Elizabeth, Verrall dijo:

—La próxima vez que salgamos de paseo, montarás a Belinda. Yo iré en el castaño. Creo que ya montas lo suficientemente bien y no le cortarás la boca con el freno.




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