Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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—¡Cuánto tiempo ha pasado fuera, Mr. Flory! Se ha convertido casi en un forastero. Le hemos echado tanto en falta por el Club…

Imprimía a algunas palabras el mismo sello cínico y deslumbrante que utilizan las mujeres cuando intentan eludir una obligación moral. Flory estaba aterrado. No se atrevía ni a mirarle a la cara. Ella cogió una caja de cigarros y le ofreció uno, aunque él no aceptó la invitación. Le temblaban demasiado las manos para ponerse a fumar.

—Le he traído aquella piel —dijo sin asomo de expresividad.

La desenrolló sobre la mesa que acababan de recoger del suelo. Tenía un aspecto tan andrajoso y lamentable que deseó no habérsela traído nunca. Ella se acercó a examinarla, quedando su suave mejilla a tan pocos centímetros de la de Flory, que éste pudo sentir la calidez del cuerpo de la joven. Se sentía tan intimidado ante ella, que retrocedió unos cuantos pasos sin darse cuenta. En ese preciso momento, ella también pegó un paso atrás dejando entrever una mueca de asco, pues le había llegado el espantoso hedor que desprendía la piel. Flory se sintió tremendamente avergonzado. Era como si hubiera sido su propia piel y no la del animal la que apestaba.


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