Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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—Me temo que Elizabeth no podrá bajar ahora. Se está vistiendo para salir a montar a caballo. ¿No preferiría dejarle una nota?

—Si no le importa, me gustaría verla. Le he traído la piel del leopardo que cazamos juntos.

Mrs. Lackersteen le dejó de pie en la salita. Fue a llamar a Elizabeth y no se contuvo y le susurró cuando ésta salía de su cuarto:

—Líbrate de este tipo lo antes posible, querida. No me apetece que ande por aquí cerca a estas horas.

Cuando Elizabeth entró en la habitación, el corazón de Flory se puso a latir tan violentamente que una bruma rojiza le nubló la visión. Iba vestida con una blusa de seda y pantalones de montar, y estaba algo bronceada. Flory no recordaba haberla visto nunca tan hermosa. Tembló al verla; en un instante se esfumó hasta la última pizca de valor que había reunido. En lugar de adelantarse hacia ella, retrocedió. Se oyó un estrépito detrás de él; había tirado una mesa auxiliar que sostenía un jarrón de zinnias, las cuales habían quedado esparcidas por el suelo.

—¡Lo siento! —exclamó horrorizado.

—No es nada, no se preocupe, por favor.

Elizabeth le ayudó a poner de pie la mesita, hablando mientras alegre y casualmente, como si no hubiera sucedido nada.


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