Los dias de Birmania

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—Lo siento muchísimo, amigo mío. Pensaba disculparme ahora mismo con usted. Fue todo cuanto pudimos hacer. No queda nadie en la cárcel que sepa curtir pieles en estos momentos.

—Pero, maldita sea, si había un preso que lo hacía admirablemente bien.

—Sí, sí, pero se fue de la cárcel hace tres semanas.

—Pero tenía entendido que estaba cumpliendo una pena de siete años.

—¿Es posible que no se haya enterado, amigo mío? Pensé que sabía usted quién era el que se encargaba de curtir las pieles. Era Nga Shwe O.

—¿Nga Shwe O?

—El preso que se escapó bajo el amparo de U Po Kyin.

—¡Demonios!

Este contratiempo le desanimó terriblemente. A pesar de todo, por la tarde, después de darse un baño y ponerse un traje limpio fue a casa de los Lackersteen a eso de las cuatro. Era muy pronto para visitar a alguien, pero quería asegurarse de encontrar a Elizabeth antes de que ésta se fuera al Club. Mrs. Lackersteen, que acababa de despertarse de la siesta y no esperaba visitas, le recibió con poco entusiasmo y ni le invitó a sentarse.


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