Los dias de Birmania
Los dias de Birmania El doctor le invitó a desayunar y, tras mandar a las mujeres a un lugar en el que no les molestaran, le condujo a su propio cuarto de baño para que Flory pudiera asearse y afeitarse. Durante el desayuno, el doctor le contó con gran inquietud las últimas noticias sobre “el cocodrilo”. Por lo visto, la falsa rebelión estaba a punto de estallar. Hasta que no acabaron de desayunar, no tuvo oportunidad de mencionar la piel del leopardo.
—A propósito, doctor, ¿qué ha sido de la piel que mandé a la cárcel para que la curtieran? ¿Está ya lista?
—Esto… —el médico comenzó a frotarse la nariz con aire ligeramente desconcertado. Entró en la casa (habían tenido que desayunar en la veranda, pues la esposa del Dr. Veraswami se oponía a que Flory pasase) y volvió poco después con la piel enrollada—. Lo cierto es que… —comenzó a decir mientras la extendía.
La piel había quedado hecha una lástima. La habían dejado tiesa como el cartón, con el cuero resquebrajado, descolorida y hasta con algunas partes rasgadas. Además, desprendía un pestazo insoportable. En vez de haberla curtido, la habían dejado como para tirarla a la basura.
—Pero, doctor, ¿qué desastre es éste? ¿Cómo demonios han podido dejarla así?