Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Emprendió el camino de vuelta aquella misma tarde. Debía recorrer algo menos de cuarenta kilómetros a través de sendas para carretas llenas de baches, lo cual no impidió que decidiera hacer camino de noche, pues adujo que no haría tanto calor como de día. Los criados estuvieron a punto de rebelarse ante semejante idea, y el viejo Sammy fingió desmayarse, debilidad que se curó ofreciéndole ginebra antes de salir. Era una de esas noches en las que apenas se ve la luna. Se alumbraron con faroles, con cuya luz los ojos de Flory destelleaban como esmeraldas y los de los bueyes como piedras lunares. Cuando salió el sol, los criados se detuvieron para hacer un fuego y preparar el desayuno, pero Flory tenía tanta prisa por llegar a Kyauktada que siguió caminando por su cuenta. No se sentía en absoluto cansado. La idea de llevarle la piel de leopardo a Elizabeth le había colmado de absurdas esperanzas. Cruzó el espejeante río a bordo de un sampán y se dirigió al bungalow del Dr. Veraswami, a donde llegó hacia las diez de la mañana.