Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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¿Hay algo más horrible, más indigno en este mundo que desear a una mujer que nunca se tendrá? Durante todas estas semanas apenas pasaba por la cabeza de Flory un pensamiento que no fuera homicida u obsceno. Es la consecuencia natural de los celos. Al principio había amado a Elizabeth espiritualmente, ansiando más su comprensión que sus caricias; ahora, una vez que la había perdido, lo que le atormentaba era el más bajo deseo físico. Ya no la idealizaba. La veía prácticamente tal cual era (esnob, estúpida, cruel), aunque eso en nada cambiaba la atracción que por ella sentía. Por las noches, insomne y con el camastro fuera de la tienda para estar más fresco, mientras contemplaba el cielo aterciopelado y oía de vez en cuando el aullido de un gyi, se odiaba a sí mismo por las imágenes que poblaban su mente. Era tan primitivo envidiar a un hombre mejor que le había derrotado. Porque se trataba exclusivamente de envidia; hablar de celos resultaba muy generoso. ¿Qué derecho tenía él a estar celoso? Se había declarado a una muchacha que era demasiado joven y guapa para él, y como era natural, ella le había rechazado. Tenía lo que se merecía. Era un caso sin remedio; nada le podría hacer más joven, ni quitarle la marca de nacimiento, ni borrar la década de soledad y libertinaje que había vivido. Lo único que podía hacer era contemplar la felicidad de la pareja y envidiar a aquel hombre… A pesar de todo, nunca sería capaz de tomarse aquella relación con filosofía. La envidia es algo horrible. Se diferencia de todos los sufrimientos en que no se puede disfrazar ni sublimar. No es sólo dolorosa, sino sobre todo repugnante.


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