Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —Quiero decir que Macgregor habrá renunciado a esa maldita idea suya de elegir a un socio nativo, ¿no crees? Después de lo que ha pasado con esas rebeliones, no está el horno para bollos.
—A propósito, ¿qué se sabe del levantamiento? —preguntó Flory. No querÃa empezar a discutir sobre la elección del doctor todavÃa.
—No ha habido más noticias. ¿Crees que lo volverán a intentar?
—No. Me temo que todo ha terminado. Se han rendido tan cobardemente como era de esperar. El distrito está tan en calma que parece un colegio de niñas. Una pena.
El corazón de Flory dejó de latir por un segundo. HabÃa oÃdo la voz de Elizabeth en la habitación de al lado. Mr. Macgregor entró en ese preciso momento seguido de Ellis y Mr. Lackersteen. Estaban todos los que podÃan votar, ya que las mujeres del Club no tenÃan derecho al sufragio. Mr. Macgregor vestÃa un traje de seda y llevaba bajo el brazo el libro de cuentas del Club. Incluso a un asunto tan insignificante como las asambleas de Club le concedÃa un aire pseudo-oficial.
—Como, según parece, estamos ya todos aquà —dijo tras los saludos de rigor—, procederemos a, ejem, examinar los asuntos pendientes.
—Adelante, Macduff —dijo Westfield mientras se sentaba.