Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —Antes de empezar con el orden del dÃa —dijo Mr. Macgregor después de que rechazara la bebida que le ofrecÃan y de que los demás hubiesen pedido las suyas—, confÃo en que desearán ustedes conocer el estado de cuentas del semestre. En realidad nadie querÃa, pero Mr. Macgregor, que disfrutaba con este tipo de cosas, repasó concienzudamente los números. Flory, mientras, se dedicó a pensar en otras cosas. ¡Qué escándalo iba a armarse en un rato! Se pondrÃan furiosos cuando supieran que él proponÃa al doctor después de todo lo que habÃa pasado y se habÃa dicho de su amigo. Y Elizabeth se encontraba en la habitación de al lado. Dios quisiera que ella no oyese nada del jaleo que se iba a montar. Le aborrecerÃa aún más al comprobar que todos le atacaban. ¿LlegarÃa a verla esta tarde? ¿Le dirigirÃa ella la palabra? Se asomó para contemplar el rÃo. En la orilla, al otro lado, un grupo de hombres aguardaban junto a un sampán. En el canal, junto al margen más próximo, una enorme balsa india avanzaba a una lentitud exasperante contra la corriente. A cada impulso, los diez remeros, dravidianos famélicos, se daban prisa por hundir en el agua sus primitivos remos con palas en forma de corazón. Sacaban fuerzas de sus débiles cuerpos y luego, retorciéndose, tiraban del remo hacia atrás como agónicas criaturas negras de goma, y asà la balsa adelantaba un metro o dos. Los remeros, jadeando, volvÃan entonces a meter de nuevo los remos en el agua antes de que la corriente les hiciera retroceder lo recorrido.