Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —Y ahora —anunció Mr. Macgregor con gravedad—, llegamos al punto principal del orden del dÃa. Me refiero, claro está, al, ejem, este desagradable asunto que, por desgracia, no tenemos más remedio que abordar: la elección de un nativo como miembro de este Club. Cuando discutimos con anterioridad este asunto…
—¡Qué demonios!
Era Ellis el que habÃa interrumpido. Se habÃa alterado tanto que se levantó de un salto.
—¡Qué demonios! ¿No iremos a empezar otra vez? Con todo lo que ha pasado, ¿cómo vamos a hablar siquiera de meter a un maldito negro en este Club? ¡Dios santo, creÃa que hasta Flory habÃa renunciado al tema al menos por esta vez!
—Nuestro amigo Ellis parece sorprendido por mi proposición, pero creo que ya hemos hablado antes de la necesidad de tratar este asunto.
—¡Y creÃa que ya habÃamos hablado suficiente del maldito tema! Todos dijimos lo que opinábamos al respecto. Por el amor de Dios…
—Si nuestro amigo Ellis tuviera la amabilidad de sentarse un segundo… —dijo Mr. Macgregor pacientemente.
Ellis se dejó caer en el sillón exclamando:
—¡Menuda estupidez!